“Jesús me lo enseño todo desde el árbol de la Cruz” (Venerable M. Antonia París)
2 abril 2026El día de hoy nos invita a ponernos en camino. En un camino doloroso, el Vía Crucis de Jesús. Este camino lleva a Jesús a cumplir la voluntad de Dios y a manifestar su Amor hacia nosotros.
También hoy, en nuestra realidad concreta, seguimos experimentando cruces: el cansancio que se acumula, las incertidumbres del futuro, las tensiones relacionales, las heridas personales, las situaciones que no comprendemos o no podemos cambiar. Muchas veces decimos que todo esto “es una cruz”, entendiéndola como una carga pesada. Y pesa, sí, porque nos cuesta aceptarla, porque tendemos a huir de ella o a resistirnos.
Pero la Cruz de Jesús es, en verdad, fuente de Vida: “sus heridas nos han curado” (Is 53, 5). No es un peso que aplasta, sino un misterio que, acogido, transforma. “Mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 30), nos dice el Señor. La Cruz pesa cuando la rechazamos; se vuelve camino de vida cuando la abrazamos con Él.
Cuando aceptamos la Cruz, nuestro corazón se abre, se ensancha. Nos hace capaces de acoger el Amor de Dios incluso en medio del dolor. Nos ayuda a comprender lo que estamos viviendo, a dar sentido a nuestras pruebas y a mirar con más misericordia a las personas con quienes compartimos el camino.
Así lo entendió María Antonia París. Ella aprendió todo desde el Árbol de la Cruz. En largas horas de oración ante Jesús Crucificado, encontró luz para leer la realidad de su tiempo, reconocer las heridas de la Iglesia y responder con fidelidad a la voluntad del Padre.
Hoy, también nosotros estamos llamados a leer nuestra realidad a la luz de la Cruz: un mundo herido por guerras, divisiones, pobreza, soledad; comunidades que buscan esperanza; personas que necesitan consuelo y sentido. En medio de todo esto, la Cruz no es el final, sino el lugar donde el amor de Dios sigue actuando silenciosamente.
En Getsemaní escuchamos la petición de Jesús hacia Pedro, Juan y Santiago que se quedaran con Él y que vigilaran: “Quédense aquí, y velen conmigo, porque siento en el alma una tristeza de muerte” (Mt 26, 38). Jesús desea que estemos con Él. Como un amigo desea la cercanía de otro amigos en momentos de mucha importancia.
En una sociedad acelerada, donde todo nos empuja a la prisa y a la distracción, Él nos invita simplemente a estar con Él. A no huir. A permanecer.
Jesús desea nuestra compañía. No pide palabras bonitas ni grandes compromisos, ni tampoco nuestra perfección. Tiene sed de nosotros.
Hoy, más que nunca, Jesús desea contar conmigo, con mi presencia sencilla, con mi fidelidad cotidiana, con mi corazón disponible en medio de la realidad que vivo.
¿Cuál será mi respuesta?
