“La discreción del Resucitado y la fuerza del amor que renace”
4 abril 2026En los relatos de la Resurrección hay algo que siempre sorprende: Jesús, el Viviente, no irrumpe con estruendo, no se impone, no se exhibe. Se hace presente con una delicadeza casi desconcertante. Entra con las puertas cerradas, se deja reconocer en un gesto, en una voz, en una herida. El Resucitado parece preferir el lenguaje del amor al del poder. ¿Por qué esta “parsimonia” de Dios?
Porque el amor verdadero no invade, no obliga, no busca imponerse. El amor, como nos recuerda San Pablo “todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. El amor no lleva cuentas del mal, no se aferra a lo perdido, no se queda atrapado en lo que no fue. El amor simplemente sigue dándose, incluso después de la cruz.
Podríamos imaginarlo así: En una antigua tradición asiática se cuenta que, en un jardín escondido, crecía un bambú muy especial. Durante años, quien lo cuidaba regaba la tierra cada día sin ver ningún resultado. No brotaba nada. Parecía que todo esfuerzo era inútil. Pasó un año… dos… tres… y aún nada. Muchos habrían abandonado. Pero el jardinero continuó, fiel, paciente, confiando en una vida que no veía. Y un día, de repente, el bambú emergió. En pocas semanas creció varios metros. Lo que no había sido visible durante años estaba ocurriendo en lo profundo: raíces fuertes, silenciosas, preparaban una vida nueva. El crecimiento no empezó cuando se vio, sino mucho antes, en lo escondido.
Así es la Resurrección: no es un regreso al pasado, sino una irrupción silenciosa de vida nueva; es la “insurrección” del Viviente, la victoria de un amor que la muerte no ha podido destruir.
Hoy, en esta Pascua, el Señor nos hace también una pregunta muy profunda: ¿Somos felices de lo que Él nos permite vivir hoy? ¿Vivimos con gratitud lo que es, o quedamos atrapadas en lo que no fue? Porque si el corazón no aprende a reconocer la vida que ya está brotando, ni siquiera “volver de la muerte” nos bastaría.
La Pascua nos invita a una libertad nueva: la libertad de amar sin condiciones, de vivir en gratuidad, de no medir, de no retener, de no endurecernos.
Y sin embargo, mientras celebramos la vida que renace, no podemos ignorar el dolor del mundo. Las guerras que hoy hieren a tantos pueblos nos muestran, una vez más, hasta dónde puede llegar el corazón humano cuando se aleja del amor: vidas truncadas, familias desgarradas, tierras marcadas por el sufrimiento y el miedo.
En este contexto, la Resurrección no es una evasión, sino una esperanza más necesaria que nunca. Cristo Resucitado entra también hoy en las “habitaciones cerradas” de la humanidad herida, atraviesa nuestras violencias y pronuncia su palabra: “Paz a vosotros”. Una paz profunda que brota del perdón, de la reconciliación y de la capacidad de amar de nuevo, incluso después de la herida.
Que el Resucitado nos conceda la gracia de reconocerlo en lo pequeño, de acoger su presencia discreta, y de vivir con un corazón reconciliado, libre y agradecido, siendo en medio del mundo testigos de su paz.
¡Feliz Pascua de vuestras hermanas del Equipo General!
