La Palabra: una carta viva
26 enero 2026Cada año, el Domingo de la Palabra nos regala la oportunidad de volver al centro, a esa Palabra viva que no pasa, que sigue hablando y llamando. No se trata solo de recordar la importancia de la Biblia, sino de dejarnos alcanzar por ella como por una voz que conoce nuestro nombre.
Para María Antonia París, la Palabra de Dios no fue un libro más ni un texto para estudiar. Fue fuego en el corazón, vida que se imprimía por dentro. Ella comprendió que el Evangelio no se lee desde fuera, sino que se acoge como una experiencia que transforma y envía.
Por eso utiliza una imagen tan sencilla como provocadora: el Evangelio es una carta personal que Dios nos escribe. No una carta antigua, ni genérica, sino una palabra viva, dirigida hoy, aquí, a cada una y cada uno. Cuando se lee así, el Evangelio deja de ser un recuerdo del pasado y se convierte en llamada, en criterio, en camino.
Esta misma pasión por el Evangelio marcó la vida de san Antonio María Claret, que entendió toda su misión como un servicio para que la Palabra fuera conocida y acogida. En su Autobiografía expresa con claridad el horizonte de su vida: «El fin que me propongo es que Dios sea conocido, amado y servido de todos» (Autobiografía, n. 202).
Ambos, María Antonia y Claret, nos recuerdan que la Palabra no se entiende solo con la mente, sino con la vida entregada.
En este Domingo de la Palabra que acabamos de celebrar, se nos ha vuelto a regalar la invitación a abrir esa carta, a leerla despacio, con el corazón disponible, y a dejar que nos cuestione. Porque la Palabra, cuando se acoge de verdad, no nos deja igual: nos transforma y nos envía, hoy, como ayer, a anunciar con la vida la Buena Noticia.
