Espiritualidad

La espiritualidad, en general, es aquello que mueve a la familia humana a canalizar sus más hondas energías y orienta sus esfuerzos para dar lo mejor de sí mismos y trascender. La espiritualidad cristiana es aprender a dejarse llevar por el Espíritu para responder al llamado de Dios y concretar su sueño, su proyecto sobre cada uno. Toda respuesta a una llamada de Dios crea una espiritualidad propia.

La espiritualidad de las Misioneras Claretianas parte de la donación de gracia que Dios hizo primero a los Fundadores: Venerable María Antonia París y San Antonio María Claret, y después a cada uno de quienes han seguido sus huellas a través de su estilo de vida y misión. Es una manera peculiar de ser que lleva a asumir actitudes de fe, amor, compromiso y servicio frente a Dios, los hermanos y la creación, según el carisma recibido. Este don no es particular a las religiosas sino compartido por laicos que descubren en él un lugar desde donde vivir y realizar en plenitud su vocación  bautismal.

La espiritualidad claretiana se caracteriza por algunos rasgos que inspiran este “modo peculiar” de seguimiento de Jesús y constituyen el hilo conductor de la vida personal o grupal creando, a la vez, una identidad propia. Ellos son:

Seguir las pisadas de Cristo nuestro bien  elemento central de la espiritualidad claretiana en torno al cual giran todos los demás.  Es el camino de la identificación con Cristo, llevando a la vida sus palabras, obras, acciones, sentimientos, mediante una profunda relación de amistad con Él, fundada en la Palabra de Dios que transforma y envía.

 María Inmaculada es signo y señal en el caminar su presencia en la espiritualidad claretiana es clave desde el mismo origen, como lo indicaba su nombre: Apóstoles de Jesucristo a imitación de la Purísima Virgen María. La imitación de María en su vida laboriosa, sencilla, en su recogimiento y humildad se entrelaza con la lucha contra el mal en cualquiera de sus formas, propio del misterio de la Inmaculada Concepción. Las actitudes de María son la base que sustentan el envío a una  misión sin fronteras.

La vocación de Iglesia para contribuir a su constante reforma se traduce en un compromiso de  conversión permanente al Evangelio, en una espiritualidad de comunión, construyendo  Familia dentro de la congregación y en su entorno social, y de una cordial adhesión al envío misionero. La preocupación, ocupación y oración por la Iglesia son parte de este patrimonio espiritual: “El Espíritu Santo nos urge desde el origen del Instituto, a la renovación de la Iglesia por la guarda del evangelio y vivencia radical de los consejos evangélicos con especial amor a la pobreza”   

Enseñar a toda criatura  el Evangelio de Jesús expresa el espíritu apostólico de la congregación, en cuanto participación de la única misión de Cristo, al estilo de los Apóstoles, lleva a trabajar hasta el fin, para que Dios sea conocido, amado, servido y alabado por todos, con un estilo de  vida que nos sitúa al lado de los más pobres, luchando por la justicia, la paz y el cuidado de la creación.Juntar la acción con la contemplación es la condición necesaria para que la vida de entrega al servicio misionero sea verdadera experiencia mística porque la realizan Jesús y su Espíritu en nosotras y desde nosotras, para bien de los demás.