Experiencia misionera en Filipinas

27 agosto 2026

Después de la experiencia misionera del año pasado en Guayaramerín (Bolivia), decidimos continuar estando disponibles para irnos de misión de nuevo durante nuestras vacaciones. El corazón humano sabe lo que necesita, lo que le llena; busca la plenitud. Y unas vacaciones de ocio, ¿Te relajan? ¿Te ayudan a desconectar? ¿Te aportan disfrute? Sí. Pero el corazón siempre se llena con Dios, con los últimos, con los más pobres, con los más necesitados y fiándonos de la Providencia.

Es en el encuentro con el otro donde ponemos realmente “en juego” lo que llevamos dentro.

Podemos comenzar este artículo con algo que me tocó profundamente de la primera homilía del Father Arnold Abelardo en Saklay: «El Señor nos ha regalado el don de la vida y nosotros podemos ser regalo para Él. Porque no hay que tener un propósito en la vida; no es cuestión de hacer algo, es cuestión de ser». Creo que la experiencia misionera de este año se puede sintetizar en esto: el encuentro con tantas personas y tantas realidades ha sido un regalo para nosotras, y nosotras hemos sido un regalo para ellas.

No me gusta llegar a un país habiendo visto fotos o sabiéndolo todo de él. Prefiero llegar y descubrirlo. Y Filipinas, ya desde el avión al aterrizar, me impactó por su belleza natural. Esas aguas cristalinas con más de 7.000 islas verdes, montañosas… indescriptible.

Descansamos unos días en Coron y después cogimos un avión hacia Clark para dirigirnos a nuestra primera misión en Nueva Écija. La influencia española la hemos visto por todos lados: en el idioma, donde hay muchas palabras en común; en los monumentos; en la historia del país e incluso en el cariño con el que nos reciben.

Llegamos a Clark y nos esperaban el Father Arnold, un claretiano, y Barik, que también vive en Saklay. Habla perfectamente español, lo que nos facilitó mucho la llegada.

¿Sabéis cuál es el significado de la misión en la que hemos estado, Ako Ang Saklay?

Una muleta es más que un apoyo

“Yo soy la muleta, porque cada persona merece la oportunidad de ponerse de pie de nuevo”.

El nombre es una promesa de apoyo, acompañamiento y colaboración mientras las personas construyen fortaleza y dan forma a su propio futuro.

Una misión de misericordia y compasión.

Eso ya me tocó por dentro y me abrió a la experiencia que iba a vivir.

Todos los días comenzábamos con la Eucaristía, a la que, por supuesto, venían las hermanas que están en Nazareth House. No teníamos un horario cerrado; la única referencia fija era la misa. Después, simplemente nos dejábamos llevar.

Me impactó que el sacerdote desgranara el Evangelio y dirigiera un mensaje en tagalo para los trabajadores y las personas que viven en Saklay, y otro en inglés para las postulantes. De una manera muy pedagógica y natural hacía llegar el mensaje a todos los presentes, también a mí.

Cada día íbamos conociendo y participando en los distintos apostolados: visitábamos a las familias más pobres; trabajamos un día en la producción de hongos; acudimos al Feeding Program, donde a las siete de la mañana se repartía un plato de comida a las personas necesitadas; visitamos dos escuelas públicas y llevamos chocolates a los niños; nos reunimos con los directores y profesores y visitamos una a una todas las clases; visitamos dos orfanatos, uno de niñas y otro de niños; participamos en la catequesis con las hermanas y jugamos al baloncesto con los niños.

También convivimos con personas con problemas de alcoholismo y drogodependencias que se están rehabilitando de forma natural. Prácticamente no supimos de ello hasta el final. Es algo que me encanta: cómo están integrados en la comunidad. Trabajan en los campos de arroz, cuidan de los animales, participan en la misa, comen y cenan con nosotros… ¡Una pasada!

A medida que íbamos profundizando en la realidad de Saklay, veíamos el enorme bien que un solo sacerdote está haciendo en esa misión. Un verdadero testigo de Jesús y del Evangelio. Solo verle vivir ya ayuda mucho.

Compartimos prácticamente toda esa semana también con las hermanas de Nueva Écija. Pudimos conocer y profundizar en el día a día de las postulantes, en su formación y en su horario. Compartimos comidas, cenas, testimonios, oraciones, karaokes y una salida a Baguio, una ciudad preciosa, por cierto, aunque nos llovió muchísimo.

Les agradezco infinitamente que, cuando el Father Arnold se fue a realizar un examen de Counselling, las hermanas vinieran a buscarme para ir a misa, me llevaran y me trajeran. Pudimos vivir el día 15 con ellas, y fue muy especial. Realmente sentimos la universalidad de la Iglesia y el cuerpo congregacional de una familia. Nos sentimos en casa en cualquier parte del mundo.

A mí, una postulante llamada Mónica, de Indonesia, me dejó K.O.. El día 15, después de la comida, me preguntó:

“Menchu, ¿qué sientes cuando estás con nosotras?”

En ese momento no respondí. Más tarde le devolví la pregunta, porque Patri me dijo: “Menchu, no le has contestado”.

Entonces le pregunté:

“¿Tú qué crees que siento cuando estoy con vosotras?”

Es evidente que vibramos juntas, disfrutamos, nos reímos, compartimos la fe. Yo me siento en casa y soy feliz con las hermanas.

El 17 de agosto pusimos rumbo a Quezon City. El día comenzó con mucha lluvia. Llevaba tres semanas lloviendo y había numerosas inundaciones, aunque todavía no nos había afectado directamente. Confieso que hemos vivido de todo: tifón, monzón, tormenta eléctrica e inundaciones.

Un trayecto de dos horas se convirtió en una auténtica pesadilla de siete horas y media. Parecía imposible llegar a la comunidad de Quezon City. El agua nos llegaba por la cintura, el tráfico estaba completamente bloqueado y muchas calles estaban cortadas. Fue un día de bastante preocupación hasta que, por fin, llegamos.

Nos estaban esperando con una sonrisa, con una comida rica y calentita y con una cama para que pudiéramos descansar un rato. Después nos explicaron cómo serían los próximos días y nos pusimos manos a la obra.

Nos levantábamos a las 5:30. A las 5:50 rezábamos Laudes y a las 6:30 participábamos en la misa del seminario de los Claretianos.

Me conmovió la cantidad de vocaciones que tienen. Me alegró infinitamente y disfruté mucho de aquellas celebraciones alegres en tagalo e inglés, rodeada de tanta gente joven y buena.

Desayunábamos a las 7:20 y a las 9:00 nos íbamos a la misión. Desde repartir medicinas entre personas pobres hasta distribuir comida en centros de emergencia; desde preparar paquetes de alimentos en casa hasta llevarlos directamente a las familias afectadas por las inundaciones. Es impresionante la labor que se realiza desde la oficina de desarrollo filantrópico.

Siento que, con las novicias y las postulantes, ha sido una experiencia de estar, de presencia, de convivencia, más que de hacer cosas. Creo que el respeto por su modo de vida, la admiración, la participación en los momentos de oración, en la Eucaristía y en los apostolados, así como el acompañarlas, también las ayuda a ellas y nos ayuda a nosotras a tener una fe más fuerte y más arraigada en Jesús, que es lo único importante.

Termino este artículo como lo empecé:

“La vida es un regalo de Dios y nosotros podemos ser regalo para Él”.

Gracias por dejarnos participar de este regalo que es ser familia claretiana en el mundo.

Celebramos con gozo el Año Jubilar de la Venerable Sierva de Dios Mª Teresita Albarracín, redescubriendo cada mes su vida, su mensaje y su alegría.