“Los sueños de Dios siempre son mejores que los nuestros” – Experiencia misionera de Patricia y Menchu en Guayaramerín (Bolivia)
17 septiembre 2025Todo comenzó dentro de mí cuando vi una marquesina de autobús en la que ponía: “Que el verano de tu vida no sea el invierno de tu alma. Estas vacaciones no trates a Dios como no tratarías a tus amigos”.
Lo fui rumiando en silencio y no dije nada…
Patricia y yo teníamos planificadas unas vacaciones de buceo, cultura, dormir en el desierto y recorrer Marruecos. A mi vuelta de Roma — donde había estado dando formación a las profesoras del Colegio de Ciampino — había quedado con Patricia para sacar los vuelos a Marruecos. Pero yo, al pasar por el sagrario, no dejaba de pensar en aquella frase de la marquesina de autobús y me entraba la risa solo de pensar que tenía que decirle a Patricia que NO iba a ir a Marruecos…
Quedamos, y como todo entra mejor con una cerveza, le conté mi inquietud. Pensé que me iba a mandar lejos… pero mi sorpresa fue su reacción: “Me voy contigo y con las Claretianas al fin del mundo. Las amo, son majísimas.”
Me quitó un peso de encima, pero me puso otro: ahora había que decírselo a las Claretianas, contarles nuestra inquietud y expresarles que queríamos dar nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestra presencia para la misión que se necesitara…
Las Claretianas, siempre abiertas a nuevas propuestas, se pusieron en marcha y en pocas semanas teníamos destino: Guayaramerín, Amazonía boliviana.
Empezaron los obstáculos: no teníamos cita para la vacuna… sin la de la fiebre amarilla no podíamos ir. Los vuelos estaban carísimos… y los internos solo los podían sacar las hermanas…
Pero cuando las cosas son de Dios, salen adelante… así que seguimos confiando. Durante la convivencia de profes nuevos, una profesora del Mater me escuchó en un café decir que no tenía vacuna y me dijo: “Mañana tengo cita en un centro de vacunación internacional, te hago una autorización”.
Y allí nos presentamos Patri y yo, y nos vacunaron a las dos. Conseguimos vuelos, documentación en regla y… ¡pa’lante!
El viaje hasta llegar fue una auténtica aventura. Tardamos 2 días en ir y 3 en volver. Al llegar al aeropuerto, la hna. Lucía no había podido venir porque unas vacas cortaban la carretera, y nos iba mandando fotos. Cuando por fin la vimos, automáticamente sentimos que estábamos en CASA.
En Guayaramerín nos encontramos con la casa de las Hermanas Claretianas. Literalmente estábamos en medio de la selva, a dos cuadras del Mamoré, afluente del Amazonas. La luz, la naturaleza salvaje… sencillamente ESPECTACULAR.
Lucía, nada más llegar, nos dio unas llaves de la casa sin conocernos de nada: CONFÍO. Y nos dijo:
“Sean libres”.
Una frase que nos ha acompañado durante toda la misión y que Patri y yo nos tomamos al pie de la letra.
Estoy segura de que estos pequeños detalles nos metieron de lleno y profundamente en la vida de la comunidad, haciéndonos sentir “una más”.
En la primera cena, ya con Norma y Lucía, nos explicaron el cronograma de las actividades misioneras: jornadas intensas, profundas, duras y cargadas de emociones.
Pasamos por el Colegio Roberto Fransen y la pastoral con los niños de Kinder (5 años). Visitamos el colegio, saludamos a todo el personal docente y administrativo.
Luego fuimos al Hogar de Ancianos. Allí empecé a notar la presencia de Dios. Lo encontré en el vulnerable, en el pobre.
Tuve la suerte de arrodillarme ante Ana. No paraba de acariciarme la cabeza y no me soltaba la mano. Me decía: “Qué bueno es Dios. Siento alegría y tristeza porque hayas venido. Alegría porque vienes a verme a mí, que soy pobre. ¿Cuándo vas a volver? Y tristeza porque me gustaría invitarte a algo que te gustase, pero soy pobre…”
Tenía un rostro radiante de felicidad, que nunca olvidaré. Le habían hecho una transfusión y estaba muy débil. Por si acaso, le hablé del cielo inmenso que la esperaba.
También visitamos el Hospital General. Podéis imaginar la infraestructura, la falta de higiene, las moscas en las habitaciones, los perros campando por allí… pero en medio de todo estaban los tesoros de Dios: sus enfermos. Visitamos a José Luis, lo acariciamos, rezamos, hablamos con el médico… estaba en sus últimos momentos. Lucía comenzó una oración espontánea y le dio palabras de paz y aliento para irse al cielo.
Sí, nos encontramos con el crucificado, pero en medio del dolor y el sufrimiento también experimentamos paz. Esa misma tarde nos llamaron: había fallecido…
¡Que Dios te bendiga, José Luis!
Visitamos la escuela rural Santa Rosa.
No tenía ni luz ni agua: se había roto el motor. Una amiga me dio un donativo para solucionarlo y las hermanas están gestionándolo. Patricia observó que las sillas de los niños estaban rotas y que se pinchaban con los clavos. Se le ocurrió llevarlas a arreglar al ciclo formativo de carpintería del Colegio San José de Fe y Alegría.
En este centro me conmovió el compromiso, la fortaleza y la humildad de las profesoras y de la directora para sacar adelante a esos 72 niños, luchando contra la corrupción, la falta de medios, etc.
Tuve también la suerte de dar formación a los directivos del Vicariato del Pando sobre acompañamiento docente. Fue bien, aunque me faltó conocimiento de la realidad antes de tirarme a esa piscina, y eso me frustró un poco. De aquella formación salió mi trabajo de la semana siguiente: dar formación en varios colegios de esos directivos.
Por cierto, cada vez que íbamos a un colegio, comunidad rural, etc., Lucía nos presentaba como misioneras. Cada vez que escuchaba esa palabra, se me ponía un nudo en la garganta.
Estamos descubriendo la riqueza en la pobreza y, como me decía Patri: “Menchu, no solo estamos viendo la pobreza, la estamos viviendo con las hermanas”.
Es increíble la capacidad de adaptación del ser humano, y también es impresionante la fuerza que da vivir en la pobreza: lo libre que te sientes, alegre, dueño de ti mismo, disponible para lo que Dios quiera…
El día 19 llegó la hermana Josi, procedente de Perú, y el 20 celebramos su cumpleaños. Ella me acompañó en moto a un desafío importante: dar formación a los docentes del Colegio de Educación Especial Sagrada Familia. Pensaba: ¿cómo puedo cuidar a los que cuidan de los más vulnerables? Y se me ocurrió trabajar con ellos el re-conectar con su vocación docente: “Tu vocación: tu espacio sagrado”.
Hicimos una serie de dinámicas que les llevaron a conectar con la historia de su vocación docente, con sus dones naturales y a descubrir su valor en el mundo. Disfruté compartiéndoles también mi propia vocación docente. Les presenté a Cala, la niña con autismo que me cambió la vida y me inspiró a estudiar Magisterio de Audición y Lenguaje.
Otro colegio que me cautivó fue Guayaraguazú y su directora, Beni. De este centro os cuento dos anécdotas: formé al profesorado en Aprendizaje Cooperativo y, al terminar el curso, una profesora me dijo: “Gracias por habernos dado a los Canbas la formación con cucharita”.
Y la otra anécdota: cuando conocí a la directora, una persona que irradiaba ilusión, alegría, preparación y fuerza, me dijo: “Menchu, yo les digo a mis hijos que voy a ser inmortal, porque lo que voy sembrando en la escuela, en los niños, en las familias… cuando muera, seguirá perdurando de generación en generación”.
Me hizo reflexionar sobre la trascendencia de nuestro trabajo y la visión de eternidad.
Gracias por todo y por tanto, hermanas.
“Los sueños de Dios siempre son mejores que los nuestros”
Menchu Garralón
